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El Latido Modular: Cuando el público se vuelve la partitura

La industria del entretenimiento se detiene a mirar los resultados de la última gira "Bio-Sync". Ya no es ningún secreto: el concepto de setlist ha muerto.

Aquella lista rígida de canciones que los artistas ensayaban hasta el cansancio ha sido reemplazada por un sistema de retroalimentación biométrica en tiempo real. En los conciertos de esta temporada, no es el DJ ni el director de orquesta quien decide cuándo subir los decibelios o cuándo soltar el drop; es el promedio de nuestra presión arterial y los niveles de dopamina detectados por los wearables de la audiencia. Estamos presenciando el nacimiento del público como sintetizador humano.

Lo que hace diez años parecía ciencia ficción —o una pesadilla de control social— hoy es la vanguardia de la experiencia en vivo. La música ya no se "lanza" hacia nosotros; se genera desde nosotros. Si el pulso colectivo baja de los 100 BPM, el algoritmo de la sala ajusta las frecuencias graves para estimular el nervio vago y despertarnos. Es una simbiosis extraña: el artista en el escenario es ahora un curador de impulsos, un mediador entre el software y nuestra propia biología. La pregunta que nos deja esta nueva musicología es inevitable: ¿estamos conectando con el arte o simplemente estamos siendo optimizados para el placer?

Sin embargo, hay una belleza cruda en esta ingeniería afectiva. Al eliminar la "cuarta pared" y sustituirla por una red de sensores neuronales, el error humano desaparece, pero también lo hace la sorpresa. Si la música siempre nos da exactamente lo que nuestro cuerpo pide, corremos el riesgo de perder el valor del contraste, de la incomodidad y de ese silencio incómodo que suele preceder a las grandes obras maestras. El entretenimiento del 2026 es, por definición, perfecto, y quizás por eso mismo, un poco aterrador.

Cómo ejemplos tenemos, en Barcelona, España, El epicentro en Sónar+D. Para su edición de 2026 el programa "AI & Music" es el referente global.

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Están probando el "Stage-Sync", donde artistas como el neerlandés Reinier Zonneveld (con su proyecto R2) están integrando modelos de IA que responden no solo a sus manos, sino a sensores de movimiento y pulso.
Estamos a escasas dos semanas de que empiece el SXSW 2026 (South by Southwest). En Texas, donde empresas como Tactus (que justamente este mes de febrero lanzó sus prendas hápticas de nueva generación) están presentando chalecos que traducen la música en vibraciones exactas para que los sordos y los fans "ultra-sensoriales" sientan el bajo en el pecho exactamente igual.

En Seúl, las agencias de K-Pop han dejado de llamar a los conciertos simplemente "shows" para llamarlos "Bio-Feedback Sessions". En el Domo de Gocheok, se utilizan las pulseras oficiales (Lightsticks 4.0) que ahora incluyen un sensor de conductividad de la piel (GSR). Si el público se "enfría", la iluminación y el tempo de la pista de apoyo se ajustan automáticamente para recuperar el clímax.

Artistas independientes en clubes del norte de Londres están usando el EMG (Electromiografía) para convertir la tensión muscular de sus brazos en filtros de distorsión para sus guitarras o sintetizadores. No tocan las teclas; mueven el cuerpo y el músculo genera el sonido.
Todo esto, no tardará mucho en llegar a México.

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