¿Por qué en México acostumbramos dejar propina?

En México, la propina no es solo un gesto de cortesía: es una costumbre tan arraigada que para muchos trabajadores del sector servicios representa una parte esencial —y a veces la más importante— de su ingreso diario. Aunque legalmente es voluntaria, la presión social y la realidad económica la convierten en algo casi inevitable en restaurantes, hoteles, bares, valet parking o incluso apps de entrega.

El hábito de dejar propina se fortaleció durante el siglo XX, coincidiendo con el auge del turismo y el crecimiento del sector servicios en ciudades como Ciudad de México, Cancún o Los Cabos. En muchos establecimientos, especialmente en zonas turísticas, se adoptaron modelos laborales donde el salario base era muy bajo —a menudo el mínimo legal— bajo la expectativa de que las propinas lo complementaran. Esta dinámica se normalizó con el tiempo y se extendió a nivel nacional, influenciada también por la interacción con visitantes extranjeros, principalmente estadounidenses, donde la propina es una norma cultural fuerte.

Hoy, en restaurantes, lo habitual es dejar entre 10% y 15% del consumo (algunos sugieren hasta 16-20% en zonas turísticas), y se percibe como parte del "ritual" de comer fuera, más que como un extra por un servicio excepcional.

Muchos meseros, repartidores, botones, personal de limpieza en hoteles o despachadores de gasolina reciben sueldos mínimos o trabajan en esquemas informales. Históricamente, las propinas han llegado a representar más de la mitad —e incluso la mayor parte— de sus ingresos reales. Esta dependencia ha creado una expectativa social: no dejar propina se interpreta como falta de empatía o injusticia hacia quien te atendió, sobre todo cuando se sabe que su economía depende de ella.

En México, el trato en el servicio suele ser cercano, cálido y personal: el mesero que recomienda un platillo con entusiasmo, el repartidor que avisa por mensaje o el valet que cuida tu auto con esmero. Esta interacción humana refuerza la propina como un acto de gratitud y solidaridad, una extensión de la cortesía mexicana donde el "buen trato" vale tanto como el producto mismo.Incluso en la era digital —apps de comida o transporte— la propina persiste, aunque el contacto sea mínimo o nulo.

¿Es obligatoria la propina?

No, legalmente no lo es. La Ley Federal de Protección al Consumidor (artículo 10) prohíbe prácticas coercitivas o abusivas: ningún establecimiento puede exigirla, incluirla automáticamente en la cuenta sin consentimiento o condicionar el servicio a su pago. La Procuraduría Federal del Consumidor (Profeco) ha reiterado en múltiples ocasiones que la propina es voluntaria, y ha habido denuncias públicas de meseros que exigen y hasta cobran el 15%, prácticas rayan en lo irregular. Sin embargo, la costumbre pesa mucho: no dejarla genera incomodidad, miradas o culpa, especialmente al saber que impacta directamente en el bolsillo del trabajador.

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En 2025 entró en vigor una reforma importante a la Ley Federal del Trabajo (conocida como "Ley de Propinas"), que busca romper la dependencia extrema de las gratificaciones. Esta obliga a los empleadores en sectores de servicios (restaurantes, hoteles, bares, gasolineras, etc.) a pagar un salario base no inferior al mínimo general —alrededor de 278.80 pesos diarios en 2025, con ajustes posteriores— y garantiza prestaciones como IMSS, vacaciones y aguinaldo. Las propinas se definen explícitamente como "gratificación solidaria y voluntaria" por la calidad del servicio, no como sustituto del sueldo. Además, prohíbe que los patrones administren o retengan parte de ellas; el reparto debe ser equitativo y manejado por los propios trabajadores. La reforma beneficia a cerca de 1.7 millones de personas en empleos precarios y responde a años de reclamos sindicales y activistas que argumentaban que "vivir solo de propinas no garantiza una vida digna".

Expertos coinciden en que, mientras persistan salarios bajos en el sector, la propina seguirá siendo un complemento indispensable en la vida cotidiana. Dejar propina en México habla de una cultura donde la gratitud, la empatía y la solidaridad humana tienen un peso especial. Es una práctica imperfecta —porque idealmente debería ser solo un reconocimiento voluntario, no una necesidad económica—, pero profundamente conectada con la realidad social y laboral del país. Mientras las condiciones no cambien del todo, seguir dando propina es, para muchos, una forma cotidiana de contribuir a que el trato cercano y el esfuerzo de miles de trabajadores valgan la pena. Al final, es un gesto que dice mucho más de nosotros como sociedad que de cualquier cuenta en un restaurante.


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